Si tecleamos en cualquier buscador “Educación para el desarrollo” podemos encontrar numerosas definiciones de la misma, e incluso diferentes concepciones en función del tiempo en que se situase la noción de “educación” y la noción de “desarrollo”.
Voy a utilizar la definición de la Coordina de ONGD de España que entiende la Educación para el Desarrollo como el:
“un proceso para generar conciencias críticas, hacer a cada persona responsable y activa (comprometida), a fin de construir una nueva sociedad civil, tanto en el Norte como en el Sur, comprometida con la solidaridad, entendida ésta como corresponsabilidad –en el desarrollo estamos todos embarcados, ya no hay fronteras ni distancias geográficas–, y participativa, cuyas demandas, necesidades, preocupaciones y análisis se tengan en cuenta a la hora de la toma de decisiones políticas, económicas y sociales.
Esto significa que la educación para el desarrollo:
Facilita la comprensión de las relaciones que existen entre nuestras propias vidas y las de personas de otras partes del mundo.
Aumenta el conocimiento sobre las fuerzas económicas, sociales y políticas, tanto del Norte como del Sur, y sus relaciones, que explican y provocan la existencia de la pobreza, la desigualdad, la opresión… y condicionan nuestras vidas como individuos pertenecientes a cualquier cultura del planeta.
Desarrolla valores, actitudes y destrezas que acrecienten la autoestima de las personas, capacitándolas para ser más responsables de sus actos.
Fomenta la participación en propuestas de cambio para lograr un mundo más justo en el que tanto los recursos y los bienes como el poder estén distribuidos de forma equitativa,
Dota a las personas y a los colectivos de recursos e instrumentos –cognitivos, afectivos y actitudinales– que les permitan incidir en la realidad para transformar sus aspectos más negativos.
Favorece el desarrollo humano sostenible en el nivel individual, comunitario, local e internacional