Haiti se derrumba ahora. El terremoto que sacudió Puerto Príncipe hace seis días, hunió edificios y aplastó personas, pero sus efectos devastadores no fueron tan terribles como los que han llegado ahora, en forma de catástrofe humanitaria.
Aunque intenta llegar, la ayuda ya no llega. Los saqueos de los jóvenes haitianos han sustituido el dolor por la violencia y la necesidad por el libertinaje, solapando el sufrimiento de tantas familias y tantos huérfanos. No hay orden ni concierto, no hay gobernabilidad que gobierne el caos desencadenado, no hay esperanza para Haiti después de décadas de pobreza y miseria que no han sido recordadas hasta ahora. Solamente ahora, cuando la tierra ruge, el Norte se acuerda.
Esta es la nuestra, la rica y occidental ayuda: La ayuda que no llega. La ayuda que llega tarde, solamente después de un terremoto. Hemos necesitado un terremoto para que las naciones enriquecidas se acuerden de Haiti, el país más pobre de América. Pero ahora es tarde, ahora todos los millones del mundo no servirán para revertir esta desgracia.
Si años antes, el mundo se hubiera preocupado un poco más por el desarrollo de Haití, la reconstrucción material, humana y socio-política ahora sería más fácil. Por eso, lamento profundamente la ayuda que no llega, porque en realidad, nunca esta ayuda llegó a tiempo.


